Hubo un momento en que el mundo estuvo a punto de perder para siempre al kākāpō, una de las aves más extrañas y fascinantes del planeta.
Este loro gigante de Nueva Zelanda no vuela, vive de noche y pasa la mayor parte de su vida caminando por el suelo. Durante miles de años sobrevivió sin problemas, hasta que la llegada de los humanos cambió todo.
Ratas, gatos y otros depredadores introducidos por el hombre encontraron en el kākāpō una presa fácil. La especie comenzó a desaparecer a un ritmo alarmante hasta llegar a una cifra que parecía una sentencia de muerte: apenas 51 ejemplares en todo el mundo.
Cuando la extinción parecía inevitable, científicos y conservacionistas emprendieron una carrera contra el tiempo. Los últimos sobrevivientes fueron trasladados a islas protegidas y cada uno comenzó a ser vigilado y cuidado como un auténtico tesoro viviente.
La batalla era aún más complicada porque los kākāpō no se reproducen todos los años. Sus nacimientos dependen de fenómenos naturales muy específicos. Sin embargo, la perseverancia dio resultados.
Tres décadas después, la población supera los 200 ejemplares. Sigue siendo una especie en peligro crítico, pero ya no está al borde de desaparecer.

La historia del kākāpō es una lección para la humanidad: fuimos parte del problema, pero también podemos ser parte de la solución. Cuando quedaban apenas unas decenas de aves, el mundo decidió no rendirse. Y gracias a ello, una especie que parecía condenada al olvido sigue viva.




