Rogelio Lara| Columna
Por años, la relación entre México y Estados Unidos ha transitado entre la cooperación estratégica y la desconfianza política. Hoy, las advertencias de Cuauhtémoc Cárdenas, exfundador del PRD y excandidato presidencial, vuelven a encender las alertas: la posibilidad de una intervención política, económica o incluso más profunda, no es un escenario nuevo, pero sí cada vez más cercano.
No se trata de una teoría reciente. Desde hace décadas, la influencia de Estados Unidos en México ha sido constante. Sin embargo, el punto de quiebre se acentuó durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, cuya narrativa confrontativa, marcada por discursos abiertamente críticos hacia Washington, tensó innecesariamente una relación que históricamente ha sido clave para la estabilidad nacional.
Las declaraciones en torno a Joe Biden, cuestionando su legitimidad electoral, no pasaron desapercibidas en la clase política estadounidense. Lejos de ser un desliz menor, ese tipo de posicionamientos erosionaron canales diplomáticos y generaron reacciones que, aunque en su momento parecieron “mínimas”, podrían estar acumulando factura.
Hoy, esa factura parece trasladarse al gobierno de Claudia Sheinbaum. Su administración, lejos de marcar una ruptura clara, ha optado por mantener la línea política de su antecesor. Esto no solo implica continuidad interna, sino también la prolongación de tensiones externas.
A ello se suma un factor preocupante: la relación de México con varios países de América Latina se ha deteriorado. La intervención directa o indirecta, en asuntos internos de naciones como Ecuador, Perú, El Salvador y Argentina ha generado fricciones diplomáticas innecesarias. El otorgamiento de refugio a personajes polémicos de esos países ha sido interpretado, en más de un caso, como una provocación política.
En este contexto, México enfrenta un escenario complejo: una relación fría con Estados Unidos, tensiones en América Latina y una profunda polarización interna. La división social que se acentuó en los últimos años, podría convertirse en un factor de vulnerabilidad frente a presiones externas.
Pensar en una intervención directa puede parecer extremo, pero ignorar las señales sería irresponsable. En política internacional, las decisiones no se toman de un día para otro; se construyen con antecedentes, errores acumulados y oportunidades mal gestionadas.
La gran pregunta es si el actual gobierno está dimensionando los riesgos o si por el contrario, continúa apostando por una narrativa que podría tener costos mucho más altos de lo que se está dispuesto a reconocer.

Las facturas siempre llegan… y rara vez son baratas.




