Rogelio Lara|
Morena llegó al poder prometiendo ser distinto. No solo un partido más, sino un movimiento moralmente superior. La bandera fue clara: no mentir, no robar, no traicionar.

Hoy, esa narrativa enfrenta su prueba más dura. Las investigaciones periodísticas que en su momento señalaron presuntos vínculos de financiamiento irregular a campañas morenistas a través de personajes como Sergio Carmona, empresario relacionado mediáticamente con el huachicol fiscal.
No hay sentencias que confirmen responsabilidades penales contra dirigentes nacionales, pero el daño político no necesita toga ni martillo para existir.

El nombre de Jesús Ramírez Cuevas ha sido parte del debate público en torno al círculo de poder que operó la narrativa lopezobradorista durante años. Aunque no enfrenta condena judicial alguna, la sola mención en conversaciones sobre financiamiento y redes de influencia evidencia que Morena ya no escapa al desgaste que antes señalaba en otros.

Pero el síntoma más evidente no está solo en los señalamientos externos. Está en los movimientos internos.

La salida de Adán Augusto López de la coordinación política, una posición clave dentro del engranaje legislativo y partidista, no es un ajuste menor. Es un mensaje. En política, cuando al operador central lo envían a “tareas territoriales” o a operar procesos electorales específicos, lo que realmente ocurre es una redistribución del poder.

Traducido al lenguaje llano: le están quitando poder al poder dentro del propio color guinda.

Adán Augusto fue durante años uno de los hombres más cercanos al expresidente López Obrador, pieza estratégica en la operación política nacional. Si hoy su influencia se reconfigura, es porque las fuerzas internas están en plena reacomodación.

Entre grupos, corrientes y liderazgos que buscan sobrevivir al relevo presidencial, la narrativa anticorrupción comienza a competir con la lucha por el control interno morenista. Y cuando el poder se fragmenta, también se exhiben las fisuras.

La pregunta no es si Morena enfrenta ataques. La pregunta es si puede sostener la autoridad moral que lo llevó a Palacio Nacional.

Porque el desgaste no comienza cuando la oposición acusa. Comienza cuando las decisiones internas revelan que la unidad ya no es incuestionable.

Hoy el color guinda sigue gobernando.
Pero también comienza a mostrar que el poder, cuando se concentra demasiado tiempo en las mismas manos, inevitablemente se reacomoda… y a veces se fractura.

La transformación prometía ser distinta.
El reto ahora es demostrar que no terminará pareciéndose a aquello que juró combatir.